Una cosa de vanguardia: Hacia una arquitectura…

Capítulo: Hacia una Arquitectura desde las representaciones sociales.(págs. 182-193). En: Una cosa de vanguardia: Hacia una arquitectura. A.M. Rigotti y S. Pampinella compiladoras. UNR Editora, Editorial de la Universidad de Rosario, A&P Ediciones. 246 págs. Rosario, 2009. ISBN 978-950-673-758-0.

Portada libro Le Corbusier Contratapa libro Le Corbusier

* A modo de introducción.

* La luchas de representaciones.

* La arquitectura como proceso de construcción cultural.

* Lo clásico revisitado.

* El modelo a seguir puesto en el “ingeniero”.

* Perdurabilidad de una representación social.

 

Hacia una Arquitectura desde las representaciones sociales

Jorge Ricardo PONTE

Según la teoría de las representaciones sociales,[1] la realidad no existiría como tal, sino que siempre sería una representación forjada en la mentalidad de un determinado conjunto de individuos. En tal carácter, ésta no sería nunca aprehensible, sino que se nos mostraría como una representación que no sería un simple reflejo de lo que se entiende por realidad, sino que funcionaría como una organización significante que depende de varios factores: circunstancias que rodean la elaboración de la representación, contexto histórico o político en el cual aparece, finalidad de su expresión, lugar en la organización social e historia de los individuos emisores en la organización social, juego social en los que  están inmersos, etc.

De allí que hablar de “la arquitectura”, desde esta teoría, sería describir la representación social que se tiene respecto de dicha disciplina artística o social. Entendida de este modo, la arquitectura académica de fines del siglo XIX y comienzos del XX constituía, por entonces, la representación social hegemónica. Frente a ella, se verifica un ataque sistemático por parte de algunos francotiradores (Le Corbusier, entre ellos) de aquello que luego denominaremos el movimiento moderno.

Como estamos frente al intento deliberado de producir un cambio de representación social de la arquitectura, nos encontramos frente a un típico proceso de lucha de representaciones sociales. Esta controversia no fue la mayoría de las veces algo explícito, y no se homologa a otro tipo de luchas (de clases, política, etc.). La representación social propia es sostenida y sentida como “tan real” que no se lucha por sostener una situación de poder o de privilegio, sino por una manera de interpretar lo real.

 “La gente no es lo que dice…La gente es lo que hace.” Refrán popular

A modo de introducción

Hay múltiples posibilidades de abordar el libro Hacia una Arquitectura.[2] En este caso particular, nos interesa hacerlo desde la categoría de las representaciones sociales.

Nunca las representaciones, por así decir, aluden a su condición de tales. Sus promotores y divulgadores las exponen como “la realidad”: objetiva, desideologizada, apartidista, etc. Por ello se las asocia, intencionalmente, con el “sentido común”. Al presentarlas como “obvias”, pretenden naturalizarse como el saber común. De allí que Le Corbusier señale que “En todo hombre moderno hay un mecánico” (p.100), porque la mecánica lo ligaría a la vida cotidiana, al sentido de la economía. En suma: al sentido común. Se necesitarían “…hombres inteligentes, fríos y tranquilos, para construir la casa, para trazar la ciudad” (p.100).

Las representaciones sociales funcionan como un bypass que nos permite entender aquello que no podemos conocer de manera directa o personal. Por ello, se dice que son un pre-juicio[3], están instaladas por default y es a lo primero que recurrimos cuando debemos emitir una opinión, o debemos tomar una decisión: constituyen un sistema de pre-codificación de la realidad.

Una de sus funciones es la adquirir conocimientos e integrarlos en un marco asimilable y comprensible, en relación a los valores a los cuales adhieren. En términos corbusieranosun desaprender lo mal aprendido y un aprender de vuelta. De allí que explique “…hay que transformar totalmente los métodos de los arquitectos, tamizar el pasado y todos los recuerdos a través de las mallas de la razón, plantear el problema como se lo han planteado los ingenieros aeronáuticos y construir en serie las máquinas de habitar” (p.100).

El significado de las representaciones varía según el contexto discursivo en el que son (o fueron) emitidas o divulgadas: Le Corbusier afirma que se dirige, no a todos, sino a “las personas de buen entendimiento” (p. XVI)).

La máxima aspiración de cualquier representación es hacer funcionar algo que es cultural, como algo que está en la naturaleza misma de las cosas. A modo de ejemplo, Le Corbusier sostendrá la relación entre naturaleza y obras del cálculo: “…porque se ve bien, se puede leer, saber y sentir la armonía” (p.174). Ambas estarían animadas por la misma unidad motriz; serían formuladas claramente y poseerían una actitud fundamental, en síntesis: “Formular claramente, animar la obra con una unidad, darles una actitud fundamental, un carácter: pura creación del espíritu” (p.175). Estos preceptos que se admiten tan “naturalmente” para la música y para la pintura, sin embargo no se le exigiría (en la representación contraria) a la arquitectura, rebajándola a constituirse en una mera cuestión utilitaria que sería la construcción. Frente a la Academia que propugna que hay arquitectura cuando se siguen sus preceptos y modelos; Le Corbusier contesta, en cambio, que habrá arquitectura cuando exista “… una emoción poética” (p.175): si todas las construcciones pueden ser arquitectura, entonces no habría arquitectura en el sentido del arte.

Las representaciones sociales dependen, también, de la historia del individuo. En el caso de Le Corbusier, su falta de estudios sistemáticos lo posicionaron como un outsider, ideal para constituirse en un francotirador[4] que quisiera y pudiera dedicarse a demoler la representación tradicional (Esos) jirones de nuestra vestidura sentimental de otras épocas” (p. XVI) en aras de entronizar la representación por venir: ese mundo moderno al que él aspira, fruto del “espíritu nuevo” (p. XV).

En general, la modernidad mantuvo una actitud fundante (“…acaba de comenzar una gran época”, pronostica Le Corbusier (p. XXXII)), dando preeminencia al presente sobre el pasado: en una retórica épica convocará: ¡Todo está por hacer! ¡Tarea inmensa!… (p.78). Hay una clara intención, manifestada tanto en los dichos como en los hechos, de producir una fractura con la memoria social –“no tenemos ya dinero para sostener los recuerdos históricos” (p. 6), “Las herramientas viejas se desechan” (p. 5). Queda claro que no tiene ningún interés en preservar la memoria de la arquitectura que él ha criticado tanto.

Las representaciones sociales nos permiten definirnos y diferenciarnos ante los demás, construirnos como individuos y como grupo, forjar nuestros puntos en común, nuestras preferencias y moldear la autoestima. Presentar a la arquitectura como algo dinámico, inasible, iba a contrapelo de la representación de determinados grupos sociales para quienes la buena arquitectura fue algo fijo y permanente, un proceso fijado en un pasado modélico, estático o inmutable.

Las representaciones sociales integran, a la vez, lo racional y lo irracional de un grupo social. Sólo en este contexto puede entenderse aquello que Le Corbusier sostiene, a propósito de la arquitectura: ésta no sólo tiene que servir, sino también “conmover”. ¿En qué consiste este moverse-con la arquitectura?, ¿cómo se logra? Justamente esta obra de Le Corbusier es un intento de explicar cómo él entiende este proceso y cómo ve posible lograrlo. Si bien apela a la emotividad individual, parte del supuesto de que todos los hombres, por su condición de tales, tienen las mismas necesidades: necesidad-tipo, función-tipo, emoción-tipo: ¿emociona a uno y emociona a todos?).

La luchas de representaciones

La representación social –como a priori que es- determina el comportamiento de los individuos. Como cada grupo social tiene una arquitectura fijada como modélica –los tradicionalistas, los iconoclastas, los modernos, los progresistas, etc.- pretende que el conjunto de la sociedad haga suya su propia representación. Se verifica entonces una puja de poder que no es homologable a otro tipo de luchas (de clases, políticas, etc.). Precisamente, la teoría de las representaciones sociales aparece ante la caída de los paradigmas que postulaban que, las condiciones materiales de existencia determinaban la forma de interpretar la realidad.

Las representaciones sociales no constituyen un problema ético. No existen buenas o malas representaciones. Tampoco están al servicio de ninguna teoría conspirativa. Son un síntoma, no son la enfermedad. Por ello, la lucha de representaciones no resulta la mayoría de las veces algo explícito. La propia representación social sostenida es sentida como “tan real” que no se lucha por sostener una situación de poder o de privilegio, sino por una manera de interpretar lo real, la arquitectura, la ciudad, etc.

Normalmente, en una comunidad, el culto a determinados modelos, a determinados paradigmas, está teñido de representaciones que son promovidas por un grupo interesado que trabaja para imponerlas al resto. No escapa a esta lógica que una de sus funciones es, precisamente, la de argumentar y de convencer. Por esta razón se escriben obras como Hacia una Arquitectura, para dar batalla argumentativa y política a la representación por entonces vigente, desde el punto de vista de “una nueva arquitectura fruto de un espíritu nuevo”. Se equivocan quienes creen que estas manifestaciones (que obviamente son también oportunidades económicas) puedan ser obligadas por legislaciones estatales: éstas actúan por convencimiento y por la generación de consensos.

La crónica histórica suele dar cuenta de estas luchas de representación, ya sea de manera directa (en tanto ella misma participa como actor central de este conflicto o como espacio de argumentación de cada una de las representaciones en pugna) o como medio que permite la vehiculización de las representaciones de los otros actores sociales que constituyen la elite de recambio.

Suele no tenerse conciencia. Muchos creen estar excluidos de los riesgos de hablar o percibir lo real desde los ojos de una determinada representación social, fuera ésta científica o académica. Presumen asir la realidad objetiva, ya fuera a través de la ciencia o de las artes y, con tales herramientas en la mano, no creerían verse a sí mismos cayendo en un pre-juicio; es decir, en una representación. Pero lo hacen, inevitablemente. Así, en esta obra, al dar cuenta del desarrollo argumentativo de los bandos involucrados y en pugna, ambos apelan al “sentido común” tanto fuera para legitimar su discurso como sus prácticas. El entonces Presidente de la Academia de Bellas Artes sostendrá que los cuestionadores como Le Corbusier representan a “esa nueva barbarie” (p. XXVII) que, desde hace algunos años, se advierte en la Europa oriental y septentrional; y la cual insultaría, según su visión, al “sentido común y al buen gusto” (p. XXVII).

Este prejuicio del arquitecto Nenot (constructor de la Sorbona y ganador del proyecto para el Palacio de la Sociedad de las Naciones en Ginebra) conlleva necesariamente a su otro par necesario, que sería “la civilización”. Categorías éstas que no nos son ajenas a los argentinos, desde aquella consigna antinómica sarmientina de “civilización y barbarie”. La categoría de bárbaro nunca habría sido más textual que la utilizada en este caso, ya que se refiere a la Europa Periférica, la del Este y los Países Escandinavos, aquellos antiguos bárbaros. Dentro de esta barbarie estaría también incluido el propio Le Corbusier, pero en su condición de “paisano” de un cantón suizo. Un paisano[5] que osa confrontar con la Academia en el centro mismo de la auto representación civilizatoria: París. No será casual, por ello, que el lugar de edición de la “contestación” de Le Corbusier sea, también, París.

Cuando los interpeladores de una determinada representación social se encuentran en el llano y deben luchar contra otra que, por el momento, es hegemónica, denuncian las contradicciones aparentes o evidentes de la representación contraria; apelan entonces a toda suerte de argumentos, racionales y hasta emocionales, contenidos dentro de su propia representación y que les son útiles para deteriorar, minar, debilitar o directamente hacer caer a la que está vigente. De allí, el apelativo irónico de Le Corbusier al referirse a “la buena sociedad” (p. XVIII), a la cual habría que revolucionar (cambiar de representación social) con “los métodos y en la amplitud de las empresas” (p. XXVII).

Las representaciones no sólo son una batería de argumentaciones, sino que también dan cabida a prejuicios homofóbicos, resentimientos contra los arquitectos y las facultades que los forman, etc., que no pueden explicitarse pero que sirven para dar cohesión interna al grupo de pertenencia. A tal objetivo apunta el fortalecer la sobrevaloración del propio grupo y, de ciertas características o ciertas producciones del nuevo grupo emergente (ej. los paquebotes, las naves industriales, etc.). Como “individuos selectos” (p. 69) define Le Corbusier a sus potenciales comitentes, a aquéllos que componen el mundo de la industria y los negocios, a ésos que viven “en esta atmósfera viril” (p. 69). Los arquitectos, emergentes privilegiados de la vieja representación social, estarían en contraposición y, según la representación social de Le Corbusier, vivirían en un ambiente no varonil. Además (como buen prejuicio) denuncia que dichos arquitectos aunque tienen ojos, éstos “no ven”.

Las representaciones sociales definen la mentalidad del grupo y juegan un rol importante en el control social ejercido por el colectivo sobre cada uno de sus miembros, particularmente, en el proceso de socialización. El objetivo es, claramente, el de salvaguardar una imagen positiva de su propio grupo de pertenencia. La función identificatoria de las representaciones permite la comparación social y eso es lo que Le Corbusier hace entre arquitectos e ingenieros. A Le Corbusier le gustan los ingenieros porque ellos son “audaces y sabios” (p. 71). Además, porque ellos son los que “conocen” el modo de construir, de ventilar, de iluminar, etc. (p.7).

Las representaciones sociales se estructuran y se comunican independientemente del medio, o de la tarea por emprender, porque no necesariamente éstas representan lo real. Por ello, la lucha de representaciones sociales nunca cesa. Los componentes extraños a la representación social del grupo son detectados y vistos como los anticuerpos que reaccionan frente a lo “otro”, a lo diferente, a lo ajeno a la misma, protegiéndola así de posibles cambios que puedan desnaturalizarla. Y, como un círculo, funciona reproduciéndose a sí misma y a sus dirigentes o sostenedores. Pero como la representación social de los arquitectos del “espíritu nuevo” todavía no está instalada y hegemónica, no se advierte, en estos inicios, luchas intestinas que justifiquen denunciar a los componentes extraños a la nueva representación por erigir.

Las instituciones de las que se trate (las escuelas de arquitectura, la academia, por ejemplo) resisten el embate que estas nuevas representaciones sociales tienen sobre un tema o motivo que las convoca, las une o les justifica su existencia. Lo harán hasta que una nueva conducción proponga un reemplazo de personas y de mentalidades y una nueva representación social se erija como hegemónica sobre dicha problemática; a su vez, se instale, luego se anquilose, luego se reproduzca, etc.  Se verificará luego la acción puntual de determinados individuos que, a la manera de francotiradores, bombardearán la representación social dominante (criticándola, burlándose, desacreditándola, etc.) que negaría, en la práctica, el valor al que adscriben los nuevos cuestionadores quienes, a posteriori, serán, a su vez, conservadores de la representación social que lograron imponer.[6]

La arquitectura como proceso de construcción cultural

Es evidente que en toda ciudad existen trazas antiguas, tanto sea en lo material como en las prácticas sociales, las cuales remiten a la formación de la polis. Pero no todos las advierten y, menos aún, no todos las decodifican de análoga manera. Por ello, Le Corbusier tituló a uno de sus capítulos como: “Ojos que no ven” aludiendo, precisamente, a esta carencia, a este no darse cuenta.

Si bien en muchos aspectos la arquitectura monumental que estuvo prefijada como modélica, tanto fuera para una ciudad, como para una sociedad, puede ser cuestionada como representación; también es cierto que existe, en la ciudad, otra arquitectura más doméstica, diríamos; fijada por la evolución histórica de la misma, por su propia materialidad, por los testimonios tangibles que subsisten de épocas pasadas, así como el resultado de las prácticas sociales que en ella se desarrollan o desarrollaron.

Le Corbusier propugnará la aparición de los techos planos. (p.47) Esos techos-terrazas usados como azoteas y también como expansiones de otros ambientes, que no solamente constituían una revolución de la estética de la edificación, sino también una extensión de la utilización del cemento armado. De allí que se comprenda su fastidio por esos “viejos e inadecuados techos normandos” (p.76) respecto de los cuales será tan duro en su valoración, porque cree que ellos representan un ejemplo de la aplicación de los estilos (“el estilo marítimo”) en arquitectura. O su no aceptación de “Los tejados, los miserables tejados (¿de París?) (que) continúan abundando, y ésta es una inexcusable paradoja” sólo por respetar los estilos. Y la lucha contra los estilos no sólo es una disputa simbólica (“Los estilos son una mentira” (p.67)) sino también una controversia concreta en el campo profesional: “La arquitectura no tiene nada que ver con los «estilos» (…) La arquitectura tiene destinos más serios” (p.15) sentenciará Le Corbusier.

Esto, a primera vista, parecería ir a contrapelo de la arquitectura concebida como representación social, ya que existiría también esa otra arquitectura “fijada” en el campo de la materialidad de la ciudad. Pero, aunque esta materialidad “objetiva” pudiera estar, podría “no verse” o valorarse, precisamente por los impedimentos que suelen anteponer las representaciones sociales, en tanto éstas funcionan como filtros de lo real. Este sistema de tamiz o de no visualización de la materialidad de la arquitectura hace que permanentemente se deba trabajar o insistir sobre lo que está ahí, pero que el otro no ve. Este no ver a veces es un no querer ver, porque resultan afectados intereses o proyectos políticos, económicos o inmobiliarios a los cuales no se quiere tocar o lesionar.

Las representaciones sociales se gestan en el seno de los diferentes grupos (colegios profesionales, facultades de arquitectura o de ciencias sociales, asociaciones profesionales, la administración pública, etc.) y se promueven o difunden a través de entrevistas en diarios y revistas, artículos de opinión, artículos científicos, de divulgación, textos escolares, discursos de funcionarios, etc. Por ello, existen en el campo social una serie de lugares comunes a los cuales se suele recurrir para explicitar la arquitectura o la presunta falta de ella. Esto no sería tampoco una verdad sino una apelación al recurso del estereotipo.[7]

La noción de estereotipo nutre y atraviesa la producción cultural contemporánea. Se trata de lugares comunes, ideas preconcebidas sobre algo, o alguien, que circulan en los textos y en las imágenes de cada época y al abrigo de las cuales nos figuramos el mundo y nos forjamos las imágenes de los otros. Como toda representación social, son atajos que usamos para intentar explicar la realidad; en este caso: la sociedad, la ciudad, la arquitectura, etc. Le Corbusier va a apelar, en su relato, al uso de estereotipos -por cierto los de su tiempo- los propios y los de la representación rival, como recurso argumentativo, identificando como lugares comunes a algunas premisas de los arquitectos de la, por entonces, representación hegemónica que expresaba: “Hay que hacer resaltar la construcción” y “Cuando una cosa responde a una necesidad es bella” (p. 86).

La literatura y, eventualmente la prensa, no expresan directamente una representación social sino que la describen en sus páginas, artículos o crónicas. Fija, de alguna manera, estos intentos de estabilizar en el tiempo ciertas representaciones y facilitar así su difusión. Estudiar históricamente esta relación entre literatura y arquitectura es estudiar estos textos como descriptores de distintos momentos e intentos de establecer pautas de dicha arquitectura, más allá de los valores literarios intrínsecos que dichas obras puedan contener. La crítica social y política que formula Le Corbusier a través de Hacia una Arquitectura no forjó un “espíritu nuevo” por el solo hecho de plantearse en un texto, sino cuando formó parte de una estrategia social de cambio de representación.

La contestación de artistas e ingenieros modernos (entre la cual se encontraba Le Corbusier), en conocimiento de la mala reputación (desde su representación) que circulaba sobre la arquitectura académica, aprovechó la industrialización y modernización que implicó el desarrollo bélico involucrado en la Gran Guerra para impulsar un cambio de representación social que acompañara a ese cambio tipológico (aviones, tanques, trasatlánticos, automóviles, etc.). También el surgimiento de nuevos materiales y nuevas tecnologías, la idea de la aparición del “tipo”[8] (silos, elevadores, puentes, edificios en torres, etc.) y de la “serie” industrial (Henry Ford), y la confianza en que “las máquinas conducirán a un orden nuevo, de trabajo, de reposo” (p.79). Así como un “sillón es una máquina de sentarse” Le Corbusier insta a concebir, construir y habitar “casas en serie” como ¡máquinas de habitar! (p.73)

¿Cómo compatibiliza Le Corbusier la máquina de habitar que propone con la emoción? Sabe que eso que dice no es posible. Aunque él entiende la necesidad de fabricar casas en serie, sabe que eso no será arquitectura. Es una provocación que él lanza ¡una entre tantas! Porque, más adelante afirmará al respecto: “Mi casa es práctica. Gracias, como doy las gracias a los ingenieros de los ferrocarriles y a la Compañía de Teléfonos. Pero ellos no han conmovido mi corazón.” (p.145). Por más que diga que todos los hombres tienen las mismas necesidades, Le Corbusier sabe que la emoción frente a la verdadera obra de arquitectura no es algo replicable. Si no hay emoción en la construcción, como para transformar a ésta en arquitectura, al menos, que haya racionalidad y funcionalidad: “El corazón sólo se conmueve cuando se satisface la razón, y esto sucede cuando las cosas se calculan” (p.201)

Lo clásico revisitado

Es sugerente que Le Corbusier incluya entre sus textos un capítulo expresamente dedicado al Mundo Clásico, titulado La Lección de Roma, para dar batalla argumentativa precisamente allí, en el nodo de la representación social de la Academia, intentando demostrar cómo podía hacerse una lectura diferente de ese mismo pasado, mal usado como modelo.

Según una visión esencialista, la arquitectura académica remite sus modelos de legitimación a los tiempos de la arquitectura clásica, a los tiempos fundacionales de la cultura occidental. El único margen que permitiría en aras del “sentido común y del buen gusto” era sostenerla, insistir sobre la misma sin cambiar nunca el nodo de dicha representación porque, de hacerlo, dejaría de ser tal. Se la estaría desdibujando, falseando, cuando no traicionando, su propia esencia.

De allí que Le Corbusier no pretenda mejorar o cambiar algo periférico de la representación social por entonces vigente, sino apuntar sus dardos al nodo de la misma: ¡Eso no es arquitectura! (P.7), señalará Le Corbusier agregando que “la arquitectura no tiene nada que ver con los estilos” (p.15). Por este motivo propone directamente “un plan nuevo” (p. XVI)).

El modelo a seguir puesto en el “ingeniero”

En la comunicación de sus representaciones sobre la sociedad moderna de inicios del siglo XX, el discurso de Le Corbusier es organizado a partir de un destinatario genérico conformado por los artistas, los industriales, los hombres de negocios (p. 69) y, como operadores de dicha transformación, los profesionales de la construcción: arquitectos e ingenieros a quienes dirá que ha llegado el momento de comparar y confrontarlos. (p.8)

El arte, para Le Corbusier, “no es una cosa popular…El arte sólo es un alimento de los elegidos…” (p. 79). Por ello, no se dirige al pueblo sencillo, a los campesinos (a los “salvajes”) como él los llama, quienes como ya se sabe aprecian la decoración que pertenece al “orden sensorial y primario, como el color” (p. 112). Mientras que los ingenieros, al manejar “el cálculo, uno se halla en un estado de espíritu puro y, en ese estado de espíritu, el gusto sigue por caminos seguros” (p.7).

En esta lucha, Le Corbusier tiende a interpretar la realidad sobre la base de una valoración dicotómica. Conforma “pares de opuestos” en un sistema binario: alta cultura (“elevada cultura” (p.112) dirá Le Corbusiervs. baja cultura; buen gusto vs. mal gusto; decoración vs. proporción; arquitectos vs. ingenieros; campesinos, pueblo sencillo y salvaje, vs. hombre culto (p. 113); hombres viriles vs. (no lo dice, pero puede presuponerse…), etc. Con este maniqueísmo de barricada, él se va a dirigir al “hombre culto” (p. 113) por excelencia.

Para los arquitectos que “viven en la estrechez académica, en la ignorancia de las nuevas reglas de la construcción” (p. 8) formula tres advertencias: el volumen, la superficie y el plan. Para los ingenieros, parece no necesitar advertirles nada porque ellos ya lo tienen todo claro. Éstos serían, en su representación: “sanos y viriles” (p. 6); los arquitectos, en cambio, ¿enfermos y afeminados?; los ingenieros serían “activos y útiles” (p. 6); los arquitectos, en cambio, ¿pasivos e inútiles?; los ingenieros harían “arquitectura porque emplean el cálculo surgido de las leyes de la naturaleza” (p. 7), mientras que los arquitectos serían, despectivamente, unos “charlatanes y desocupados” (p. 6); etc.

La mirada que legitima su representación no es la del ciudadano común, ese usuario potencial, sino que el otro es siempre el ingeniero. Éste no sólo es un profesional con una formación práctica y técnica, sino que pertenece claramente a un determinado nivel social y detenta un determinado prestigio. Es a él a quien asigna el rol de nuevo experto. Por ello, reivindica la función del profesional vinculado con la nueva industria como el indicador del buen camino hacia la modernidad.

Perdurabilidad de una representación social

Para conocer las distintas representaciones epocales en juego -tanto de los sectores conservadores o académicos como de los contestatarios que encarna Le Corbusier- habría sido deseable contar con publicaciones técnicas o periodísticas procedentes de ambas vertientes. Pero por la premisa de partida de este seminario, el discurso alternativo ha quedado limitado a las citaciones o transcripciones textuales que, interesadamente, el propio Le Corbusier incluye en su libro.

A pesar de ello, es posible la reconstrucción de las representaciones sociales de los sectores, por entonces hegemónicos, a partir del discurso o de la representación de los que da cuenta Le Corbusier quien, por entonces, contestaba el discurso académico oficial. No obstante su intencionalidad apelativa, podemos inferir que su discurso discrepante de alguna manera desarticula el discurso hegemónico de un sector de la elite dirigente francesa, en especial y europea en general, aquélla que manejó el “gusto oficial” y el poder de legitimación, en los tiempos de la aparición de la 1ª edición de este libro.

La perdurabilidad hasta el presente de algunas obras arquitectónicas de la “contestación” de este período nos permite conocer también otra materialidad diferente a aquella hegemónica, y que era fruto de la representación social exitosa de la elite dominante, obras que han quedado reflejadas en las numerosas publicaciones oficiales de la época.

Este discurso de este joven Le Corbusier (36 años) formulado en los tiempos iniciales de su trayectoria no tiene que ver, necesariamente, con su consecuente producción arquitectónica. En efecto, se trata, a veces, de un alegato simplista, de carácter maniqueo y casi propagandístico, que no necesariamente conlleva a explicar su praxis arquitectónica posterior. En síntesis, valoremos a Le Corbusier más por todo lo que hizo, y no tanto por todo aquello que dijo…



[1] D. Jodelet. Les Représentations Sociales. Paris: Presses Universitaires de France, 1989.

[2] Le Corbusier. Hacia una Arquitectura (2ª ed.). (J. M. Alinari, Trad.) Barcelona, España: Poseidón, 1978.

[3] Opinión previa y tenaz, por lo general desfavorable, acerca de algo que se conoce mal; sino en la acepción de prejuzgar: Juzgar de las cosas antes del tiempo oportuno, o sin tener de ellas cabal conocimiento. (www.rae.es)

[4] francotirador, ra.(Calco del fr. franc-tireur).1. m. y f. Combatiente que no pertenece al ejército regular. 2. m. y f. Persona aislada que, apostada, ataca con armas de fuego. 3. m. y f. Persona que actúa aisladamente y por su cuenta en cualquier actividad sin observar la disciplina del grupo. (www.rae.es)

[5] Del francés paysan, homme de la campagne (hombre de la campiña, no de la ciudad).

[6] Como efectivamente ocurrió. Toda la lucha de representaciones sociales que encarnaron “los modernos” contra los académicos. Decenios después, serán los “posmodernos” quienes deberán demoler las representaciones sociales de los, para ellos: conservadores y obsoletos “modernos”, de quienes estamos siguiendo su oportuna lucha de representaciones.

[7] R. Amossy. Les idées reçues. Semiologie du stéréotype. Paris: Nathan, 1992.

[8] Tipo: acepción 4. m. Ejemplo característico de una especie, de un género, etc. (www.rae.es)

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