“Guaymallén Pinta” [2004/07]

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El color local

Por Arq. Jorge Ricardo PONTE

Cuando el recuerdo de los monumentos aislados o emblemáticos de las ciudades o pueblos que conocimos se desdibuja en nosotros por el inevitable transcurso del tiempo, avanza, en compensación, en la construcción del imaginario propio y ajeno de las ciudades conocidas o visitadas, otro patrimonio más difuso y menos monumental, ese color local de pueblos y ciudades que es el que finalmente perdura en nuestra memoria y en nuestros recuerdos.

Que todas las municipalidades pintan en sus departamentos es un dato sabido y una práctica habitual. Poseen equipos y gente entrenada para ello y lo hacen como un acto de servicio a solicitud de las instituciones sociales, escuelas, clubes, iglesias, etc. Ahora bien, no siempre pintan con un criterio uniforme o respondiendo a una premisa cultural municipal o provincial. Como cuesta lo mismo pintar de cualquier manera que usar esa misma acción  municipal, movida por la solidaridad o simplemente por la estética, para apuntalar una imagen urbana deseable y consensuada.

A veces ponerse de acuerdo en criterios comunes en estos campos puede ayudar más que pomposas declaraciones públicas respecto de la integración cultural regional, porque los municipios por definición es vecindad geográfica están más cerca de la gente y también, porque no admitirlo de ese patrimonio cultural difuso que a la hora de las grandes políticas culturales, son los que verdaderamente conforman la imagen de las ciudades.

La Ciudad de Mendoza como referente histórico es una sola, aunque actualmente esté dividida en distintos Departamentos. Porque más que una cuestión administrativo-política se trata de una pertenencia histórica. Justamente, no es verdad que el Departamento de Capital sea la Ciudad de Mendoza. Eso fue una decisión tomada por la Municipalidad de la Capital [1987/91] que el resto de los departamentos aledaños aceptó de manera complaciente. En efecto, la Ciudad de Mendoza, Nuevo Valle de Rioja fundada en 1561 se desmembró en 1868 al crearse el Municipio de Ciudad o Departamento de Capital [prueba de ello es que todavía seguimos denominando en Vendimia a la representante municipal como “Reina de la Capital” y no Reina de la Ciudad de Mendoza].

En realidad, el concepto de Ciudad de Mendoza es un gran paraguas conceptual que contiene, como mínimo, a los departamentos de Capital, Guaymallén y Las Heras. Godoy Cruz, por citar el otro más cercano no figuraba jamás en los planos históricos de la entonces Ciudad de Mendoza. Por ello, la historia urbana del Departamento de Guaymallén o de Las Heras no es diferente de la del Municipio de Capital, al cual los une un pasado común, ya que ambos formaron parte de la Mendoza Histórica hasta 1868 en la que, unilateralmente, la creación del Departamento de Capital excluyó a los entonces arrabales de San José, Pedro Molina y La Chimba [actual Las Heras].

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El color de la ciudad

Cada ciudad tiene rasgos y características que la identifican, que constituyen su identidad y que son necesarios preservar y acrecentar. Por otro lado, hay consenso generalizado en reconocer que lo que hace a las ciudades hermosas es su homogeneidad. Esto no significa igualdad de tratamientos o repetición indiscriminada de los mismos elementos, sino la armonización de los criterios estéticos que en ella se aplican o se dan con cierta recurrencia.

El color es, sin duda, uno de los elementos más representativos de dicha homogeneidad. Tanto es así que existen ciudades que tienen un color característico y predominante, el que ha sido mantenido a través del tiempo, tal como los pueblos blancos del Mediterráneo, el rojo de Venecia, el gris arena de París o el color ladrillo de Siena.

Por ello, para reforzar una identidad arquitectónica o urbana que nos caracterice, tal vez los mendocinos no podamos definir y generalizar el uso de un solo color como lo tienen algunas ciudades por su historia o por materiales empleados secularmente en su arquitectura [el amarillo y gris de Florencia, el rojo ladrillo de Roma, el amarillo mostaza y blanco de Sevilla, etc.] o por decisión política [ejemplo Marrakech, en Marruecos] ciudad en la que todos los edificios públicos y privados, antiguos o modernos, deben pintarse obligatoriamente en color rosa damasco por disposición real, así sea el Hotel Sheraton o un edificio histórico.

Estos éxitos urbanos necesitan tiempo y paciencia. Sostenidas y recurrentes campañas gubernamentales para instalar en la conciencia local la pertenencia de determinada tradición.

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Una buena tradición propia para no tener que imitar buenos ejemplos foráneos

En el siglo XIX existía en Mendoza una tradición de pintura de fachadas. Para conocerla resulta conveniente rescatar una disposición municipal contenida en una antigua ordenanza de 1888, dictada por el entonces Presidente Municipal [intendente] Luis Lagomaggiore el 2/1/88, y reafirmada su vigencia en 1927, y que perduró hasta mediados del siglo XX. En efecto, se trata de la primera disposición legal respecto de la prohibición de pintar de blanco los edificios. Mediante esta norma se formalizó la prohibición del uso del color blanco en los frentes de los edificios, debiendo ser siempre de color, en tintes atenuados, exceptuando a las « cornisas, columnas y otras ornamentaciones arquitectónicas » las que debían pintarse de blanco y se multaba su trasgresión.

Los viajeros que pasaron por Mendoza hacia fines del siglo XIX y comienzos del XX, remarcaron el hecho que la ciudad y sus alrededores o arrabales eran muy coloridos, con una preeminencia de tintes amarilloscelestes y rosados, como tonos predominantes. Aunque no se hacen expresos los motivos de esta disposición, es obvio que la intención es establecer diferencias con la Mendoza colonial, baja chata y blanca a la que refieren los cronistas de la época de la colonia.

La generación liberal que encaró la reconstrucción de Mendoza, estaba impregnada de un fuerte prejuicio anti-español. De allí el origen de este tipo de disposiciones que intentaban destruir la representación de la antigua ciudad a la española. En las cercanía de 1910, la hostilidad hacia lo español no sólo había cedido sino que comenzaba un movimiento en sentido contrario, de exaltación de la raza, de la madre patria y para los festejos del Centenario de Mayo se dispuso que se pintaran de blanco los edificios. Esa norma comunal indicaba que las “fachadas debían ser pintadas anualmente”.

Desgraciadamente, por sucesivas modas, se fueron descartando de nuestras típicas fachadas los elementos decorativos aplicados. Se llegó incluso a eliminarlos llanamente, dejando desnudos de ornamentación hermosos frentes de edificios de arquitectura doméstica. A pesar de ello, la tradición mendocina se definió por el uso de colores atenuados, jugando con el contraste de los elementos decorativos y ornamentales que eran pintados de blanco.

Una propuesta de rescate de esta tradición la llevó a cabo la Municipalidad de Capital entre los años 1992/94 con su programa de revalorización del patrimonio histórico denominado “Mendoza pinta muy bien”. A través de este programa se pusieron en valor decenas de edificios públicos y privados de la Capital. Lamentablemente, dicho programa se interrumpió en 1994 y aunque han prometido varias veces reactivarlo, no se lo ha hecho. ¿Podríamos imaginar 15 años de una política continuada y consecuente respecto del color de la ciudad? La pena es que no se trataba de algo caprichoso o extemporáneo. Era poner en vigencia una ordenanza histórica que era la misma que aplican, desde hace siglos, en San Petersburgo, Salzburgo, o Praga, por citar ciudades emblemáticas en el aspecto turístico o de imagen.

Retomando aquella iniciativa vecina la Municipalidad de Guaymallén ha decidido utilizar el color damasco para pintar los frentes de los baldíos y de los puentes de las avenidas, éstos con el agregado del color borravino, jugando al concepto de figura y fondo en ambas tonalidades, de manera de ir generando paulatinamente una bicromía que nos caracterice e identifique. De esa forma se resaltan los detalles arquitectónicos que suelen pasar desapercibidos y ocultos. Los valores formales de estas obras permanecían escondidos detrás de un pintado indiscriminado y sin intencionalidad valorativa.

La esperanza es que los vecinos de Guaymallén vayan tomando conciencia de la revalorización de los edificios antiguos y se generalice, por convencimiento y no por obligación, pintar los edificios históricos de acuerdo a la tradición y los contemporáneos de acuerdo al buen gusto de sus propietarios.

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Pero no todo es tradición…

En efecto, respecto del pasado no debemos tener sólo una actitud de ciega sumisión. En ciudades vivas y activas como la nuestra, debiéramos saber ponderar cuando se debiera respetar el pasado o la tradición y cuando se puede o se debe innovar. No todo lo pasado es bueno por ser histórico, ni todo lo antiguo es patrimonial.

Respecto de los monumentos expresamente denominados “históricos”, es decir aquellos que por un decreto específico del Presidente de la Nación se expresa la intención gubernamental de conservarlos tal cual eran, caben todos los resguardos de la restauración denominada científica. Existen, en cambio, otros monumentos denominados “conmemorativos” [Que recuerdan a alguien o algo; Memoria o recuerdo que se hace de alguien o algo] que son los que se encuentran en nuestras plazas, jardines y paseos, para los cuales no les compete, en principio, la salvaguarda gubernamental sino los del buen criterio. Por ello, se admiten las sucesivas remodelaciones de plazas y paseos que son propias de una ciudad en evolución y dinamismo.

Los mendocinos solemos ser extremistas. Oscilamos entre el no conservar nada o el querer conservarlo todo…Así es que a veces se patrocinan cosas indefendibles en nombre de lo patrimonial y otras se destruye impunemente lo valioso, que suele estar acompañado de un alto valor inmobiliario por su excelente ubicación o dimensiones.

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Si todo es grande nada es grande…

Si todo lo construido en el pasado fuera patrimonial, no habría posibilidad de renovar nuestras ciudades y estaríamos frente a una ciudad museo que no es precisamente nuestro caso. Los recursos son siempre limitados y en el caso de los recursos públicos aún más. Por ello, a pesar de no caer simpáticos también los funcionarios y las comisiones asesoras pertinentes debiéramos aprender a decir que ciertas cosas del pasado no merecen ser conservadas con el auxilio del Estado. Si son bienes de un particular y éste quiere y puede conservarlo a su costo, bienvenido sea.

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En Mendoza se ha procedido en las últimas décadas de manera desconcertante. Por un lado, en el microcentro y en las áreas residenciales caras han caído impunemente decenas de edificios catalogados como patrimoniales que se encontraban en manos privadas y, por lo tanto, difíciles de conservar salvo expropiarlos. Cosa que jamás ocurrió. Mientras tanto, a nivel oficial se declaraban decenas de otros bienes públicos, religiosos y privados como bienes patrimoniales de la provincia, sin ninguna previsión financiera de auxilio para su restauración o puesta en valor, sólo para quedar bien con un pedido de una institución, un intendente, una comunidad. Ello genera expectativas desmesuradas que luego no pueden ser satisfechas y se suceden en catarata los reclamos: ¿Cómo si Uds. dijeron que eran bienes patrimoniales? ¿Por qué no los restauran? ¿Por qué no los poden en valor? Etc. Mientras, en voz baja, se contra argumenta: ¿la verdad? Es que no valen mucho…

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A Dios rezando…y al mazo dando…

En nuestra opinión, debiéramos saber y poder mezclar conservación con renovación. No sólo conservar lo valioso del pasado sino también animarnos a hacer propuestas artísticas y culturales innovadoras que enriquezcan el espacio social del presente [pienso al efecto en lo que se hizo en el área Fundacional]. Con propuestas imaginativas, con soluciones funcionales y prácticas, apostando a lo lúdico y a la puesta en valor del espacio público. Innovando allí donde se pueda y conservando cuando sea conveniente y justificable. Sólo así estaremos en la vía justa, no sólo conservando el patrimonio sino también creando o re-creando un nuevo patrimonio como nuestro aporte a las generaciones venideras. Esta nota se ilustra con algunas propuestas en este último sentido.

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Programa “Guaymallén Pinta” diseñado por Arq. Jorge Ricardo PONTE -Municipalidad de Guaymallén. Gestión J.M.GARCÍA  2004/07.

 

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